19 DE JUNIO DE 2000 LUNES DIDACTICO  
    
MANUSCRITOS

Las obras de arte de copistas e iluminadores

Ahora nos rodean por todas partes. Hay millones y millones en todo el mundo. Pero hubo una época, allá por el año 1000, cuando los libros eran verdaderas obras artesanales en cuya elaboración se empleaban varios años. En aquellos tiempos lejanos, los copistas y los iluminadores -que se encargaban de adornar los bordes de cada página- dedicaban sus vidas a hacer manuscritos. Primero los hicieron los monjes. Luego también los seglares. Así fueron los orígenes del libro actual

GEMA G. MARCOS

Seguro que te fijaste en ellos en El nombre de la rosa, esa película en la que Sean Connery encarnaba a un monje con vocación de detective privado llamado Guillermo de Baskerville. En las páginas de aquellos manuscritos se escondía un misterioso secreto que acababa con la vida de todo aquél que los leyeran.

Afortunadamente, la realidad en aquellos lejanos años del medievo no fue tan trágica -al menos en el mundillo de los que se dedicaban al arte de copiar- como la ficción que inventó Umberto Eco en esta novela llevada a la gran pantalla, pero sí que fue igual o más apasionante.

Así que retrocedamos mil años atrás en el tiempo para averiguar cómo, dónde y cuándo comenzaron a producirse los primeros antecesores de nuestros libros actuales y, por supuesto, para conocer a los hombres que se encargaron de su confección: los copistas y los iluminadores. Estos últimos se encargaban de ilustrar y decorar los textos con sus dibujos y perfectas miniaturas.

Por si no lo sabías, la producción de manuscritos medievales fue continua a lo largo de 15 siglos aproximadamente. Esto quire decir que, durante la época comprendida entre la caída del Imperio Romano y el Renacimiento, los copistas trabajaron a destajo.

Todo ello ocurrió en todo el continente europeo y en los lugares más diversos que te puedas imaginar. Desde en las celdas de ermitaños perdidos en las montañas hasta en las complejísimas líneas de producción comercial de las grandes ciudades.

Pero centrémonos. ¿Quiénes fueron los autores de estas joyas? Pues depende del periodo histórico. Así, hasta los siglos XI o XII, los monjes eran los autores de la mayoría de los manuscritos.

En el silencio de los monasterios, los religiosos se dedicaban a copiar y a estudiar los textos, tareas a las que dedicaban mucho tiempo y destreza. Sin embargo, hacia el año 1100, los monjes se vieron sobrepasados por el aumento de la demanda de libros. Fue entonces cuando empezaron a utilizarse los servicios de copistas e iluminadores seglares que, a partir de ese momento, le fueron ganando terreno de forma paulatina a los monjes.

¿Cuánto se tardaba en hacer uno de estos libros? Lógicamente, esto dependía de la extensión del ejemplar y de quién se encargaba de su elaboración. Se sabe que algunos proyectos manuscritos duraron años y años. Para que te hagas una idea, un copista monástico del siglo XI podía terminar, sin llegar a tener grandes agobios, tres o cuatro libros de tamaño medio por año.

Una vez acabado el trabajo de los copistas es cuando entraban en acción los iluminadores. Estos iluminaban con sus ricas decoraciones todos los bordes de los manuscritos. En resumidas cuentas que, al final, cada ejemplar era una auténtica obra de arte.

MATERIALES

Desde el antiguo pergamino hasta el papel moderno

El pergamino fue el primer soporte sobre el que los copistas empezaron a trabajar. ¿Cómo se fabricaba? Se hacía con la piel de un animal. Los encargados de transformar esa piel en un material limpio y blanco, apto para escribir en él, eran los percamenarius o fabricantes de pergaminos. Estos profesionales existieron durante toda la época gótica y, sin duda antes, durante la románica y la carolingia. Así, en el año 822, el abad Adelardo instituyó entre los oficios de la Abadía de Corbey, en el norte de Francia, el de percamenarius.La preparación del pergamino requería un proceso tremendamente lento y muy complicado que se prolongaba durante varios días. Posteriormente, comenzó a utilizarse el papel, que fue inventado por los chinos en el siglo II y que tardó más de 1.000 años en llegar a occidente a través del mundo árabe.

BREVES

PREFERENCIAS. Los copistas medievales preferían trabajar con pergamino en lugar de con papel. Y es que este primer material era mucho más fuerte y resistente. En cambio, el papel, a pesar de resultar mucho más barato y ligero, estaba peor considerado.

PLUMAS. En la Edad Media, todos los códices se escribían a mano. Para ello se utilizaban plumas que podían ser de caña o de ave. Al parecer, las mejores plumas se sacaban de las cinco o seis más exteriores de las alas de un ganso o un cisne. Ya en el siglo XII, se afirmaba que las más apropiadas eran las de ganso.

TINTA. Existían dos fórmulas muy extendidas de fabricar tinta a partir de dos procesos diferentes. La primera se obtenía con carbón de leña y se usaba ya en la Antigüedad. Mientras, la segunda se conseguía con la mezcla de un metal -que solía ser el hierro- con una goma, que hacía de coagulante. El color negro era el resultado de una reacción química.

NOMBRES ILUSTRES

Este hombre que aparece en la imagen superior tan concentrado en su tarea se llamaba Laurence y fue prior de Durham entre los años 1149 y 1154. Además de dedicar su vida a la religión, Laurence fue uno de los más prestigiosos copistas de ese momento. Aquí le puedes contemplar en su “salsa”: sosteniendo la página con un chuchillo, que lleva en su mano izquierda. Este es un buen ejemplo de cómo trabajaban en aquellos años.