Llega la
hora de la Universidad por ESTHER GIMÉNEZ-SALINAS
i COLOMER La Declaración
de Bolonia de 19 de junio de 1999 marca un antes y un después para las
universidades europeas, especialmente en lo que significa su contribución
al desarrollo de la sociedad del conocimiento. Hay quien dice que la magnitud
del cambio será tan importante que en diez años nuestras instituciones
serán irreconocibles. Pero, como en todo, el cambio por el cambio no tendría
sentido si no tuviera unos objetivos claramente definidos. Así pues tres
ideas aparecen como esenciales en esta estrategia. En primer lugar, formar estudiantes
que pueden cursar sus estudios en cualquier universidad europea siguiendo la experiencia
del programa Erasmus, pero con características de mayor estabilidad y compatibilidad.
En segundo lugar, mejorar la empleabilidad de los jóvenes a través
de carreras más ágiles, más competitivas y adecuadas a las
demandas actuales. Y, en tercer lugar, pero no por ello menos importante, convertirnos
en un polo de atracción para estudiantes y profesores de otras partes del
mundo, recuperando así la mejor tradición de las universidades europeas.
No
se nos escapa que en esta transformación los actores principales son, sin
duda, estudiantes y profesores. Para los primeros elegir carrera es con frecuencia
su primera gran decisión, y si bien es cierto que existe un importante
grado de universalización en el acceso a la enseñanza superior,
no es menos cierto que algunas de las aspiraciones de los estudiantes a veces
se quedan sin respuesta. Hoy, además de obtener un título que garantice
unos conocimientos, un estudiante debe salir de la universidad con un conjunto
de competencias y habilidades específicas tales como: capacidad de liderazgo,
aprendizaje en la toma de decisiones, posibilidad de trabajar en un equipo interdisciplinar,
habilidad para trabajar en un contexto internacional, conocimiento de otros idiomas
y culturas, compromiso ético y sensibilidad por el medio ambiente, etcétera.
En definitiva, el desarrollo de las llamadas competencias instrumentales, interpersonales
o sistémicas, tal como establecen los Descriptores de Dublín de
marzo de 2004.Y los profesores, ¿qué pasa con los profesores? A
nadie se le escapa que el mayor reto para la renovación de las metodologías
docentes recae en el ámbito del profesorado. Un profesorado que con frecuencia
ha tenido que luchar contra el tiempo, a veces autodidacta y que si ha conseguido
buenos resultados ha sido, en parte, gracias a su gran esfuerzo personal, voluntad
y vocación. Pero también podríamos decir, y no sin razón,
que los profesores se sienten poco valorados socialmente, carentes de incentivos
y por ende mal pagados, a lo que habría que añadir otro dato como
es el envejecimiento de aproximadamente un tercio de la plantilla. También
podríamos destacar otros aspectos tales como: la aún excesiva concentración
de esfuerzos en la transmisión de contenidos, la supervivencia de clases
magistrales o el tamaño de los grupos, la falta de tradición de
trabajo cooperativo en docencia, la dificultad en implicar a los estudiantes en
sus propios procesos formativos, etcétera. En la práctica todo ello
se traduce en algo muy complejo pero también muy tangible, y es la falta
de información, concienciación y políticas de profesorado
que promuevan con valentía el cambio de cultura que significa un nuevo
modelo pedagógico. Y ya en el terreno
de lo concreto, ¿qué es lo que ha pasado en nuestro país?
Hemos sido testigos de unos años en los que nos ha costado avanzar en la
definición de un modelo al interpretar la Declaración de Bolonia.
A pesar de que a menudo el quehacer diario se parecía a la labor de Penélope
en La Odisea de Homero, que tejía de día para destejer de noche,
al final se llegó a una decisión que, aunque discutible, tenía
la virtud de despejar el panorama. Y no es que los distintos agentes implicados
en el nuevo sistema estuvieran esperando a algo o a alguien, como le ocurría
a Penélope, sino que, finalmente, con dicha definición, estábamos
esbozando el futuro de la universidad española.
También en
el campo legislativo se han producido cambios, y en este sentido cabe destacar
la reciente aprobación de la modificación de la LOU (Ley Orgánica
de Universidades). Uno de los artículos, quizá el más relevante
ante el nuevo Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), es la desaparición
del catálogo de titulaciones que durante muchos años ha regulado,
a modo napoleónico, los estudios oficiales. En un futuro, y en general,
las carreras que las universidades propongan no se ceñirán a modelos
cerrados. Por el contrario, las universidades podrán proponer planes de
estudios que se adapten mejor a las necesidades de formación y de empleabilidad
de los titulados. Las propuestas, convenientemente razonadas y evaluadas, serán
incluidas en un registro de titulaciones. Instrumentos como el suplemento europeo
al título ya vigente son ya útiles para identificar
las competencias de los estudiantes y sus atribuciones profesionales.
Así
pues, en un futuro, los estudiantes no sólo deberán elegir carrera
sino también analizar los distintos modelos que ofrecerán las universidades
así como itinerarios, profesores de prestigio, especialización,
combinación de grado y máster... Todos ellos serán elementos
a tener en cuenta a la hora de elegir estudios y universidad. Este esfuerzo adicional
en la elección no será vano. Nuestro sistema deberá abrirse
a conceptos como el de movilidad y transportabilidad de los estudios. Lo decíamos
al principio, pero es importante subrayarlo. A partir de ahora, por ejemplo, un
estudiante francés podrá optar por cursar los estudios de grado
en Holanda y los de máster en España, lo que conlleva también
una competencia mucho más globalizada. Y desde luego no debería
ser un sueño pensar que nuestro sistema universitario será tan atractivo
que estudiantes de todo el mundo, y muy especialmente europeos, opten por dejar
sus países de origen y matricularse en alguna de nuestras universidades. No
obstante, esta capacidad de atracción de estudiantes no se realizará
solamente en términos de oferta y calidad docente. La labor investigadora
no es ajena a los elementos que intervienen en la elección. Son muchas
las personas que eligen una universidad norteamericana no exclusivamente porque
su oferta educativa es de calidad, sino porque la universidad cuenta en su haber
con grupos de investigación de primer nivel mundial. Es evidente que la
labor investigadora de la Universidad deberá crecer y ordenarse de igual
modo. Únicamente de esta manera, con un buen equilibrio entre la primera
misión de la universidad (formación), la segunda (investigación)
y la tercera (transferencia) se conseguirá el objetivo de modernizar el
sistema universitario. Se ha hablado mucho de integración en el EEES,
pero en realidad éste (el espacio) como tal no existe. No debemos pues
hablar de integración, sino de construcción en común. Y a
pesar de que España ha seguido un ritmo más lento que otros países,
no puede dejar escapar nuevamente el tren.
No tenemos la menor duda que
esto será así, pues somos muchas las personas e instituciones implicadas.
Los poderes públicos han de ser plenamente conscientes, que si quieren
una buena Universidad, competitiva a nivel internacional, se requiere inversiones
importantes, naturalmente sujetas a controles de calidad, eficacia y excelencia
que permitan, en igualdad de condiciones y con independencia de su titularidad,
promover los mejores estudios.
Finalmente, si el siglo XXI es el siglo
del conocimiento, la Universidad es, sin duda, motor y vehículo de la sociedad,
por lo que trabajar en ella no es tan sólo una gran oportunidad sino también
un orgullo. Esther Giménez-Salinas i Colomer
es rectora de la Universidad Ramon Llull. Arriba |